Luto.

El luto es la expresión medianamente formalizada de responder a la muerte, es decir, la muestra externa de los sentimientos de pena y duelo ante el fallecimiento de un ser querido. En los países occidentales, esto incluye los entierros, las esquelas y ropa de luto, entre otros.

En esta entrada me centraré en el luto en España.

Uno de los aspectos más desconocidos es que su origen obedece a un conjunto de leyes y reglamentos dispuestos por los Reyes Católicos.

En el siglo XVI, a raíz de la muerte del príncipe Juan, en 1497, y debido a una serie de sucesos funestos acaecidos en la corte, los Reyes Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla ordenaron la Pragmática de Luto y Cera, por la cual, el luto debía representarse con el color negro.

Anteriormente, el luto era blanco y fue a partir de esta pragmática cuando se prescribió que la manifestación de dolor y pena por la muerte de un ser querido debía hacerse con el negro. En esta Ley también se prohibía la presencia de plañideras en los velatorios y cortejos fúnebres, así como los gritos y escandalosos llantos de dolor, propios de las mujeres. Se pretendía, así,  que la muerte se oficiara con una ceremonia luctuosa y recatada.

Esta ley se dicta para poner coto a una costumbre que parecía estar muy arraigada, según la cual cuando moría un personaje principal, el luto que por él se guardaba corría a costa de los bienes de las villas y ciudades, lo que producía gastos excesivos que en ninguna manera podían justificarse.

Parece ser que esta era la finalidad de la pragmática, pero hay mandatos contemplados en esta ley que propasan su razonamiento y que hoy no se entienden. Así, por ejemplo, se prohibió el afeitarse la barba a los habitantes de la corte burgalesa, siendo sancionados con quince días de cárcel a los barberos quebrantadores.

Los Reyes Católicos quieren cortar por lo sano y disponen que se destinen para estos menesteres “2.000 maravedís y no más“, so pena de que todo lo que exceda de dicha cantidad sea devuelto “con otros dos tanto“, no solo por el que dispone del dinero (vamos a llamarle funcionario público o gestor de los bienes del municipio), si no también  por quien lo recibiere. Además, y ante el desmadre que reinaba en el tema del luto -en el que el nivel económico del difunto y su familia se medía en las manifestaciones externas como: el número de personas que vestían luto por él, las plañideras, las misas, las velas- la ley regula el número de personas que podían enlutarse.

Los vivos vestían luto por “padre, madre, abuelo, abuela u otro ascendente; suegro, suegra, marido, mujer, hermano o hermana“. Fuera de esto y, salvo para el fallecimiento de personas reales, nadie más debía ir de luto, exceptuando dos casos: el criado por su señor y el heredero “por quien le dexare”. Regula la ley el atuendo que debían vestir y el que no, tanto hombres como mujeres y el tiempo del luto (6 meses); la ornamentación de las casas y las iglesias y la parte relativa a la cera, que aparece en el título de la pragmática.

En lo que respecta a la ornamentación de las casas destinada a manifestar ese duelo, la Pragmática prohíbe expresamente “que se puedan poner ni pongan paños de luto, ni ante puertas, ni camas, ni estrados ni almohadas“; y en las iglesias se prohíbe levantar túmulos, y que solamente se pueda “poner la tumba con paño de luto u otra cubierta; y que no se puedan cubrir ni poner paños de luto en las paredes de dichas iglesias“.

La parte relativa a la cera y que es tan importante como para formar parte del título de la ley, se centra en la prohibición de “poner en la sepultura más de doce hachones o cirios“; y lo curioso es que no entraban en esa prohibición “las candelas y velas que portaban los clérigos, niños de doctrina y cofrades que acompañan los cortejos de difuntos“. Tampoco entraba en la prohibición la cera que se donaba a la Iglesia por parte del fallecido o sus herederos, a la que se comparaba con una limosna.

En lo que no había prohibición era en el número de misas, y la cantidad de limosna que se entregaba a la iglesia por el alma del difunto, ya fuese por disposición testamentaria del fallecido o realizado por sus herederos; de hecho el texto de la ley animaba a que lo que “antes se gastaba en vanas demostraciones y apariencias, se gaste y distribuya en lo que es servicio de Dios y aumento del culto divino y bien de las ánimas de los difuntos“.

La prohibición no es eficaz sin alguna pena que anime a cumplir lo dispuesto en la ley: “lo que viniere contra lo contenido [en la Pragmática] en todo o en parte […] ayan perdido dichos lutos que truxeren y caigan o incurran en pena de dos mil maravedís“, cantidad que se distribuía por tercios entre: denunciante, juez y obras pías.

El porqué del color negro como exteriorización de lo trágico debe su explicación a que el negro es el color de la noche, de la oscuridad, del misterio, de lo tétrico. La muerte ha evocado siempre miedo, y ese miedo se expresa con el negro. Con el luto se condenaba a los parientes y amigos del finado al estado de tristeza, de retraimiento, pero también a la parquedad en adornos, a la vida piadosa, a la reclusión y a la soledad; porque el luto no sólo consistía en llevar vestimenta negra, sino además en una serie de actitudes y prácticas dirigidas a vivir sumido en la tristeza, tanto individual como del entorno más próximo.

Durante el primer año de luto, la mujer viuda lo pasaba recluida en una habitación tapizada de negro, en la que no penetraba el sol. Al pasar ese año, pasaba a morar en una habitación de tonos claros pero desprovista de decoración tanto en paredes como en mesas. Se alejaba de todo lo superfluo y de lo lujoso. La misma actitud adoptaba la señora viuda con su vestimenta y su vida social.

“Ordenamos, i mandamos que de aquí adelante por ninguna persona, difunto de cualquier calidad, condicion, i preminencia que sea, se pueda traer, ni poner luto, sino fuere por padre, ò madre, ò abuelo, ò abuela, ò otro ascendiente, ò suegro, ò suegra, ò marido, ò mujer, ò hermano, ò hermana; i por otro alguno, en qualquiera grado de parentesco que sea, no se traiga, ni ponga, ni se pueda traer, ni poner luto, excepto por las personas Reales, i el criado por su señor, i el heredero por quien le dexare.

Otrosì que por ninguna de las susodichas personas, por quien se puede traer, i poner luto, no se traiga, ni ponga ni pueda traer, ni poner sobre la cabeza, cubriéndola con capirote, ò loba, ni en otra manera, ni dentro en casa, ni fuera, ni al tiempo del entierro, ni obsequias, ni en otro alguno, exepto por las personas Reales.”

Era tan sumamente severo el luto en España que hubo que reprobarlo en el Concilio de Toledo; y en 1729, Felipe V definió una nueva pragmática de lutos cuyas medidas más sobresalientes, para hacerse una idea de cómo se ejercía el luto en aquella época, fueron estas:

1) Se limita el luto a seis meses y a los consanguíneos del fallecido.

2) Se definen que los tejidos con los que debían estar confeccionados los trajes de luto de la nobleza por la muerte de un vasallo. Estos tejidos eran el paño, la bayeta o la lanilla de color negro.

3) Se prohíbe que las iglesias decoraran sus paredes, bancos y ataúdes con sedas de colores durante los funerales por considerarlos frívolos y desacordes con un acto tan triste.

4) Se restringe el uso del color negro en el interior de las viviendas, permitiendo sólo el uso de alfombras y cortinas de luto en el aposento principal de la casa.

5) Se veda el carruaje negro de luto que usaban los señores.

6) Se establece el uso de libreas de luto para los criados, fabricadas en paño de color negro y no de seda, por ser un tejido fastuoso.

El sucesor de Felipe V, Carlos III, reglamentó a mediados del siglo XVIII una nueva pragmática sobre lutos en la que se prescribía, incluso, el número de velas que habían de encenderse alrededor de la cama mortuoria (ocho velas, concretamente) y las telas que debían gastarse durante el período de luto.

Los reglamentos que se recogen en estas leyes han quedado postergados del marco legislativo actual, pero forman parte del acervo cultural. Se trata de costumbres que, aunque desfiguradas, han persistido en la sociedad, como son el llevar el atuendo en color negro, orlar las esquelas mortuorias con la franja negra, la manifestación de dolor y quietud de los más allegados al difunto, o el aislamiento social provocado por el decaimiento o tristeza interior.

Antiguamente, esta serie de demostraciones de dolor por la muerte, o el luto, era mucho más exagerado, llegando a extremos de abnegación profunda. Aunque el dolor fuera sincero, la sociedad imponía un conjunto de obligaciones que todo el colectivo debía cumplir para mostrarse fiel a la persona fallecida. Una de las mayores muestras de abnegación o sacrificio era renunciar a la vida social durante un lapso determinado de tiempo, comer frugalmente, llevar una vida austera y vestir de negro. Promesas más exageradas, y que registran muchos autores, son el no cortarse el pelo, afeitarse o cambiarse de ropa en un año.

El luto de antes puede sintetizarse en estos términos: recogimiento, silencio, clausura, vida piadosa y muestra de pesadumbre, todos ellos mucho más acentuados en el género femenino.

LAS MUJERES Y EL LUTO

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Centrándonos en el caso de España, es una evidencia que, antaño, a las viudas se las ha culpabilizado de la muerte del marido socialmente. No se trata de culpa en sentido estricto, sino de una culpa de sentimiento que adquirían las viudas,  aleccionadas por la comunidad. Esta situación acentuaba aún más su luto, en un intento de declararse más condolidas y culpables.

El luto de las viudas de principios del siglo XX consistía en ir vestidas de pies a cabeza de color negro, inclusive los complementos, como el abanico, pendientes, bolso, zapatos y collares. Las únicas piedras que las mujeres podían llevar en sus joyas eran el azabache, la amatista y el ónice, por tratarse de piedras oscuras.

El negro, así, copaba la vida de quien lloraba por la pérdida de un ser querido. Si pertenecía a una familia acaudalada, preparaba caballos y carruajes negros; vestía a los criados con libreas negras y daba la bienvenida al color del luto  en la casa, tanto en las cortinas como en el servicio de mesa.

Por otro lado, es sobradamente reconocido que las mujeres reaccionan ante la muerte de un allegado con manifestaciones de dolor mucho más visibles que los hombres. Antiguamente, las reacciones llegaban a ser calamitosas, pues sin el hombre no eran nada. Por esta razón, a las mujeres no se les permitía asistir a los entierros, para evitar los estremecedores ayes de dolor y las situaciones de delirio que les hacían mesarse la cabellera o arañarse la cara. Enrique Casas  (1947)  relataba lo siguiente: <<Entre los vascos, la viuda asistía (al cortejo fúnebre) con la cabeza velada, lanzando gritos desgarradores, y sus amigas aguijoneaban su desesperación con frases como “todo se ha perdido para tí, no te queda sino perecer”>>.

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 Información recogida de:

http://es.wikipedia.org/wiki/Luto#Luto_oficial

http://www.normasdeprotocolo.com/tag/historia-del-luto/

http://protocoloconcorse.es/2014/11/06/de-luto-y-cera-una-pragmatica-de-1502/

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